
por Pedro Sánchez
Interventor del COMFER (1983-1989)
Todo se dijo, pero no se dijo nada. Alfonsín murió y nadie recordó cosas ejemplares de su vida. Nunca le conocí la propiedad de un auto; nunca tuvo una oficina propia de Buenos Aires. Fue alojado en las del contador Rubén Blanco, en la calle Suipacha, y luego en un sucucho de la avenida de Mayo, casi Luis Saénz Peña. Cuando creyó que había llegado el momento, invadió la casa de su madre, doña Ana María Alfonsín Foulkes, en Santa Fe casi Rodríguez Peña.
En 1972, concibe la línea interna del radicalismo que identifica como "Renovación y Cambio". Ejerce como abogado y como periodista, una condición que disfrutaba y que olvidaron los discursos de circunstancias. Se llamaba a sí mismo "Moretón" porque sus periódicos, siempre de vida corta, aparecían después de un golpe. Así creó "Inédito" cuando Onganía volteó a Illia y "Propuesta y Control", poco después que Videla diera el tiro de gracia a Isabel Perón.
En las oficinas prestadas o en cualquier parte, firmó miles de pedidos de hábeas corpus a favor de detenidos por los militares después de la intervención de 1976, hasta que modeló la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, junto al entonces obispo Jaime de Nevares, el pastor Carlos Gattinoni, Alicia Moreau de Justo y Alfredo Bravo, entre otros.
"Propuesta y Control", cuya secretaría de redacción me confió, se imprimió en los talleres "Gadola", en la calle Rivadavia, frente al Café Tortoni.
Como en el lugar sólo se dedicaba a la impresión de los catálogos que encargaban los haras para presentar la producción hípica del año, hacer una revista política no creaba sospechas.
"Propuesta y Control" apareció en 1976 y Alfonsín escribió el primer editorial titulado "En busca de un destino" donde sentenció: "Interesa señalar que trabajaremos para que se comprenda la necesidad de concretar comunes denominadores de los argentinos que permitan viabilizar propuestas correctas, útiles para superar la crisis en que nos debatimos. Esto implica atacar el sectarismo, agudizado por una verdadera enfermedad que padece la civilidad: la excesiva división del cuerpo político de la Nación".
Alfonsín destruyó la teoría sobre la complicidad de la Iglesia Católica con el régimen militar, cuando publicó en su revista el texto completo de la Carta Pastoral de los obispos argentinos, emitida en San Miguel el 15 de mayo de 1976 y donde puede leerse: "Hay hechos que son más que error: son pecado y los condenamos sin matices, sea quien fuere su autor: Es el de arrinconar a otros contra el hambre, para ganar descontroladamente; es el asesinar, con secuestro previo o sin él y cualquiera sea el bando del asesinado".
En la página siguiente se transcribió un documento firmado por los cardenales Aramburu y Primatesta y por el arzobispo Zaspe, en respuesta de la masacre en la parroquia de San Patricio. Allí se expresa: "Pero no podemos ni queremos hacer sólo hincapié en aquel luctuoso crimen, porque además todos los días la crónica periodística nos trae la noticia de otras muchas muertes sobre las cuales el tiempo pasa y nunca se sabe cómo ocurrieron, quien o quienes son los responsables. Todo ello causa en nuestro pueblo inquietud y desasosiego. Nos preguntamos, o mejor dicho, las gentes se preguntan, a veces sólo en la intimidad de su hogar o del círculo de amigos, porque el temor también cunde, qué significa todo esto; qué fuerzas tan poderosas son las que con toda impunidad y con todo anonimato pueden obrar a su arbitrio en nuestra sociedad. También surge la pregunta, qué garantía, qué derecho le queda al ciudadano común".
"Propuesta y Control" se distribuía desde el local de San José 189, adónde había ido a parar "Renovación y Cambio", luego de haber sido desalojado por falta de pago de su primer asiento en Maipú 44. Porque en los funerales se dice todo, pero no se dice nada, sobre aquellos años en que Alfonsín llamaba por un diálogo por lo menos amortiguador de todas las violencias, como "una voz que clama en el desierto".
Cuando supe de la condición terminal de la enfermedad de Alfonsín, me propuse que cuando recibiera la llamada de Dios, no iría ni al Congreso ni a los funerales. A quienes me reprocharon la actitud les respondí que era dueño de mi deseo de no verle la cara a personajes como Moyano, que no estaba en la "salita de tres" de un jardín de infantes cuando la CGT acosó con trece paros generales al gobierno de Alfonsín ni a otros, que aprovecharon las oportunidades de "ser algo" para encaramarse en posiciones perpetuas de privilegio o vincularse con cualquiera para hacer prósperos negocios, haciéndose con impudicia los dueños de los funerales. Porque una cosa es ser rico y honesto, conducta siempre elogiable y otra muy distinta ser pobre y honesto, siempre más enaltecedora. Alfonsín fue pobre y honesto, tanto que llevó al extremo su desprecio por el poder, que había ganado con el respaldo de millones de voluntades. Después vinieron los tiempos en que otros tomaron el poder como una propiedad privada, con la que hicieron lo que se les ocurrió, hasta alcanzar los extremos del presente.
En mi paso por el empleo público tuve mis diferencias con Alfonsín, pero nunca una colisión en los principios. Fuimos distintos, pero iguales, algo incomprensible para todos menos para quienes lo vivieron y cuando dejamos el Gobierno fui el funcionario que más tiempo había pasado en el alto cargo que desempeñé. Y unas pocas palabras para dos historias nunca contadas:
En las épocas duras de la estrechez compartida, lo pasaba a buscar todos los viernes, día en que viajaba a Chascomús, en el tren de las cuatro y media de la tarde. Bajábamos por un viejo artefacto, que traqueteaba de cansancio y me decía: "Pedro, te invito a comer, pero pagás vos". Y nos instalábamos para afrontar el plato del día con vino de la casa en un bodegón llamado "El Toro", en Hipólito Yrigoyen casi Luis Saénz Peña. Después, en riguroso colectivo llegábamos a Constitución, donde adelantándome a la boletería el entregaba el pasaje que me había costado cuatro con cincuenta.
Ya instalado en la Casa de Gobierno, en una de tantas tardes difíciles, debió ser durante la emergencia energética, estaba Alfonsín reunido con el reducido grupo de amigos que podíamos llamarlo Raúl en circunstancias informales. Todos estábamos cansados y transpirados y él se derrumbó en la silla presidencial. La puerta entreabierta le permitía ver lo que ocurría en la Sala de Edecanes y entonces dijo: "Debo estar muy mal porque hasta veo a un negro vestido de verde. Ricardo ‘Richard’ Pueyrredón, director de ceremonial y atento a todo, se le acercó para decirle como en un susurro: ‘Es el presidente de un país africano que tiene audiencia para esta hora’".
Nota Publicada en el Diario La Mañana, 5 4 09